La Cruz del perdón

 

   Corría el año de 1865 y la Guerra Federal había terminado. En el pueblo de Urica, la gente salía en las tardes a coger el sereno mientras oían historias de la guerra y noticias de algunos viajeros de Caracas reunidos en las dos pulperías de la comarca. En una gran casa de bahareque, ubicada frente a la Cruz del Perdón, don Carlos Arévalo, un viejecito de 90 años, estaba sentado en una vieja mecedora de madera, sus labios cubrían los dos únicos dientes que aún le quedaban, a lo lejos, la maltrecha cruz de madera cubría los tenues rayos de sol. Un joven que había servido en las fuerzas del General Juan Antonio Sotillo.

—¡Epa, que hubo don Carlos! —Dijo el muchacho, de nombre Miguel Marcano.

—¡Eu! —Un leve aullido salió de la boca del viejito—. ¡Aquí, cogiendo fresco mijo! —Respondió. El joven se acercó sentándose cerca. Colocó una talega llena de yucas y ñames y se recostó de un pipote de madera, viendo fijamente la cruz.

—Esa cruz si está fea y vieja, a ver si uno de estos días le hacemos un cariñito. —Dijo Miguel.

—No mijo que va, deje esa cruz tranquilita. Mire que allí fue donde murió mi Taita.

—¿Su papá se murió en esa cruz? —preguntó.

—No chico, el taita Boves, el comandante de los que éramos oprimidos por los mantuanos y los godos. —Respondió con dejos de nostalgia.

—Carajo don Carlos, usté si inventa, yo escuché que a Boves lo mataron allá en las sabanas, más allá por el montarral aquel.

—No mijo, yo estuve presente en la batalla, me la calé completica, y vi cuando mataron a Boves en aquella cruz, y sé que era él, el único pelirrojo de ojitos coloraos entre tanto negro. Le voy a echar el cuento de cómo fue. —Dijo el anciano.

» Después de la batalla, los patriotas se fueron corriendo pa´ Maturín, yo servía en las fuerzas del canario Morales; hombre maluco y envidioso. Ese día en la tardecita, yo venía de la batalla, como cientos que llegaron al pueblo buscando auxilio. Y a lo lejos, allá en la cruz, vi que un hombre blanco, con los pelos rojos y una guerrera roja tenía la mano en la panza, toitica llena de sangre, ya casi estaba oscuro, cuando me fui a acercar, vi que llegó Morales, se bajó de su caballo y cruzó unas palabras que alcancé a escuchar.

—Canario Morales, gracias a Dios llegó, me lancearon, necesito ayuda. —Dijo Boves, débil y adolorido. Morales traía una ruana puesta, se acercó al asturiano, se la quitó y sin mediar palabras, oculto en la oscuridad, se la enrolló en la cara, asfixiándole. Los brazos del taita trataban en vano de quitárselo, hasta que, poco a poco dejaron de moverse, quedándole un brazo arriba, tieso como una vara. Morales giró su vista cerciorándose de que nadie le haya visto, luego, cogió su ruana y se retiró.

«Yo vi aquello y me escondí rapidito, nadie me creería si acusaba al comandante Morales, y menos después de lo que hizo al llegar al campamento: le mandó a cortar las cabezas a unos galanes que querían ser jefes en lugar del taita. En la mañana siguiente, todos nos acercamos a la cruz y allí estaba el taita, tieso y con los ojos abiertos, apagaos, la gente del pueblo buscó una caja de madera, casi igual a un ataúd, limpiaron su cuerpo y luego lo metieron, pero cuando fueron a poner la tapa, no podían cerrarla pues el brazo tieso no le bajaba. Entonces llamaron a doña Catalina, una vieja india, y bien sabionda, que era la curandera, matrona y también la que rezaba las culebrillas y el mal de ojo en el pueblo. Reunió a las mujeres que habían perdido a sus hijos y esposos en la gran batalla del día anterior, las hizo hacer un círculo alrededor del muerto, y empezó a rezar, la india había perdido a sus dos hijos y a un nieto.

—Yo te perdono, vaya y reúnase con el creador para que le perdone, amén. —Dijo.

«Para sorpresa de todos, el brazo del asturiano cayó solito, luego taparon la urna y lo enterraron allí. Relató don Carlos mientras el joven Miguel escuchaba aquella historia.

—Después que vi eso, cogí mis macundales y me fui monte pa´ adentro, luego me uní a las fuerzas del comandante Monagas y así fue que me pasé pal´ lado patriota. Yo con Morales no quería trabajar, y menos sabiendo como era, pendenciero y maluco. El taita si luchaba por los pobres y por el pueblo, ese nos dejaba hacer lo que quisiéramos. —Finalizó el anciano. (1)

 (1) Este relato es una versión novelada de una versión de Francisco Javier Yánez, que escuchó de un cabo realista, quien estuvo en el sitio de Urica y presenció todo lo relatado. Esto es mencionado por Juan Uslar en la obra: Rebelión Popular de 1812

II

“Hoy se rompe la Zaraza o se acaba la Bovera”

*

   Mucho deudo tenía en su haber José Tomás Boves, mucha gente había sufrido las maldades de su lanza. Libertador para los oprimidos, tirano para los opresores mantuanos. Al que bien le había servido buena recompensa hallaba, no igual para aquel que le traicionara o fuera su enemigo; no existía la clemencia.

   José Félix Ribas, comandante general de los ejércitos patriotas, o lo que quedaba de ellos, estaba decidido a dar un golpe fulminante a las rebeliones populares de negros, indios y pardos, que, bajo las falsas banderas del Rey Fernando, comandaba Boves, y es que, cortada la cabeza, muerta la serpiente; había que matar a José Tomás Boves y a Francisco Tomás Morales a cualquier costo.

   En los alrededores de Maturín habían sido dispuestos los mejores caballos para un grupo selecto de jinetes, que entrenaban a todas horas para cumplir una misión especial: matar a las dos culebras del ejército español. El comandante de Caballería Pedro Zaraza, llanero oriental y antiguo compadre del asturiano, era el primero en estar al frente, pues, le mataron a la familia, y aquella macabra orden, según se dice, vino de los labios de Boves. Este selecto grupo de valientes llamados “Rompelíneas” debían cargar con furia, traspasar las líneas enemigas y acabar con las vidas de los jefes.

   La noche del 4 de diciembre, Zaraza se encontraba templando su lanza, metal a la forja, metal al yunque, metal al agua, martillazo tras martillazo trataba de drenar su rabia en aquellos golpes, en aquel calor, en aquella lanza.

—Jefe, ¿Qué no va a dormí usted? —Preguntó el zambo Joselito, un fiel colaborador de Zaraza, antiguo empleado de su hacienda y ahora su espaldero.

—Hoy no se duerme José, mañana tenemos importante misión, y yo voy por mi culebra. —Respondió mientras seguía golpeando la lanza, que al rojo vivo esparcía pequeñas chispas. Sin camisa, su pecho sudado y un tabaco en la boca, pidió al zambo una botella de aguardiente, quien se la trajo de inmediato.

—Gracias José, ahora váyase a dormir que mañana tenemos pelea. —Dijo el comandante mientras se lanzaba un guamazo de licor.

—No usía, yo de aquí no me muevo, mi trabajo é cuídalo, y aquí me quedó más que sea usted quien me manda. —Respondió.

—Bueno, entonces échese a dormir allí pues, no se queje de los ruidos de los martillazos o si le salta y quema una chispita. —Dijo.

**

   El cantar de los gallos anunciaba la llegada del fatídico día. A lo lejos, se veían los estandartes negros de la legión infernal del asturiano, moviéndose con el viento matutino. Los redoblantes patriotas tocaban ordenando a la tropa a tomar sus puestos. 4000 valientes soldados patriotas aguardaban el comienzo de la gran batalla por lo que quedaba de aquella efímera República de Venezuela, mientras, 7400 hombres al mando del asturiano Boves y el canario Morales amenazaban con aplastar aquella farsa mantuana, y Urica sería la tumba.

— ¡Allá están los mantuanos! Aquellos que por siglos han sostenido el látigo que les azota. Yo, José Tomás Boves, soy la única esperanza de libertad para ustedes, aquí ya no mandarán más los blancos… Aquí y ahora muere la República mantuana ¡Acaben con esos malditos insurgentes!¡A la carga mis llaneros! —Gritó Boves arengando a sus hombres. Aquella gran masa de jinetes se puso en marcha contra los patriotas entre gritos y alabanzas.

    La infantería realista se colocó en líneas de dos y esperaban la orden para disparar mientras los cañones empezaban a escupir fuego. Entre tanto, los “Rompelineas” patriotas, tomaban posiciones por el flanco derecho de los enemigos.

—Soldados de la patria, nuestra misión es simple: ¡Matar a Boves y a Morales! Con valentía y coraje carajo. ¡Hoy se rompe la zaraza o se acaba la bovera! ¡A la carga! —Gritó Zaraza emprendiendo la marcha. Llegado el momento, la primera línea de caballería realista rompió carga con los “Rompelineas” pasando de largo sin prestar atención al combate, las explosiones causadas por el fuego de artillería sucedían a sus lados, levantando tierra y monte. Zaraza y sus espalderos rompieron una segunda línea y entonces, como si la providencia lo hubiese diseñado así, se encontró de frente a su compadre. Ambos se vieron, Boves apenas emprendía la carga contra un Zaraza que venía a mata caballo. Aquella lanza forjada y golpeada la noche anterior se incrustaba en el pecho del asturiano. Zaraza, en medio del frenesí del combate, vio caer a Boves de su caballo, con las manos en el pecho, parte de la misión se había cumplido. Sin embargo, las trompetas patriotas tocaban retirada, Monagas había sido destrozado y la infantería patriota era diezmada, era hora de retirarse. La caída de Venezuela era inminente, de momento.

—Mi comandante, debemos retirarnos. —Un jinete de nombre Pedro Martínez llegó al sitio. —Lo logró jefe, mató a Boves. —Dijo. Zaraza le miró, había consumado su venganza, pero no sentía mejoría en su alma, solo un profundo vacío. (2)

(2) Esta narración corresponde a una crónica novelada de la posible muerte de Boves, basada en lo dicho por Lorenzo Zaraza en su obra: La independencia del llano (1933), refiriéndose a la muerte del asturiano. Acisclo Valdivieso en su biografía de José Tomás Boves, afirma que fue el soldado Pedro Martínez, miembro de los “Rompelineas” fue quien le dio muerte al asturiano en presencia de Zaraza.

III

Yo lo vi, nadie me lo contó

   Colombia se consolidaba como la nueva república, surgida de aquellas revoluciones en la América española, solo quedaba resolver un asunto con los españoles en Puerto Cabello y en Maracaibo, donde se concentraban las últimas fuerzas españolas al mando del temible Francisco Tomás Morales.

   Ya los llanos de Guárico no eran aquellos lugares rebeldes y destruidos por las guerras de Boves, poco a poco se había instaurado el orden y se había empezado la reconstrucción de pueblos y caseríos, aunque muchos habían desaparecido para siempre.

   En el pueblecito de Apamate, en los llanos de Guárico, se encontraba de visita el comandante Antonio Padilla Urbaneja, en compañía de sus antiguos camaradas los comandantes Pedro Zaraza y Domingo Padrino, junto a tres de sus espalderos. Era una mañana de noviembre y todos tomaban unos tarrones de café caliente, algunos fumaban su tabaco mañanero, mientras reían recordando andanzas en la guerra, que aún no terminaba. La gran casa conectaba con un camino de tierra, por el mismo, a lo lejos, un hombre flaco y bien compuesto, con sombrero de paja, arreaba a una mula que venía cargada de café, papelones en bloques y cacao en semilla. Pasando frente a la casa, se quitó el sombrero dando los buenos días a los presentes. Logrando reconocer al General Zaraza. Fue recíproco, Zaraza reconoció al sujeto en cuestión, dirigiendo unas amenas palabras.

—Los años pasan, pero yo no olvido caras importantes. ¿Sabe usted quien fue el que mató a Boves? Porque yo recuerdo que usted venía al frente de las caballerías del asturiano, su cara no la olvido. —Dijo Zaraza.

—Guá, quien me lo pregunta es quien tiene esa respuesta, quien mató al taita es el mismito que lo pregunta. —Respondió el hombre. Un fulano de apellido Delgado, que se dedicó, luego de la batalla de Urica, a comerciar en Altagracia de Orituco, alejado de tanta sangre. Zaraza rompió en carcajadas.

—Me parece que usted está equivocado buen hombre, porque usted no me conocía en aquellos tiempos. —Dijo el General. El resto de la audiencia se encontraba presto a la conversación.

—Pues si le conozco General, lo he visto en otras ocasiones, tanto en Chaguaramas y en el Valle de la Pascua, mucho antes de que usted fuera militar, de los tiempos en el que le decían “El taita cordillera”. —Respondió Delgado.

—Ah bueno, pero eso es otra cosa. —Zaraza soltó el humo de su tabaco prosiguiendo. —Hasta el sol de hoy no se sabe quién mató a Boves.

—Pues yo voy a probarles a ustedes que fue usía quien se echó ese muerto, y para que no le quede duda. ؙ—Respondió Delgado.

» Yo cabalgaba al frente de la caballería del taita, estaba a la derecha de Boves, a su izquierda, recuerdo que había un zambito gordo y pequeño, muy bravucón él, de nombre José. Recuerdo que usted venía por la izquierda nuestra, y este zambito lo vio cargar, entonces Boves le preguntó: José ¿Te vienes conmigo?, y él le contestó que sí. Entonces el taita le respondió: Entonces échele lanza y avance esa caballería contra los mantuanos. Y el zambito se adelantó para hacerle frente a usía, que venía en un caballo rucio azul, recuerdo claritico que cargaba una cobija marrón echada sobre el hombro, y cargaba un sombrero de paja amarrado con un pañuelo rojo a la barba. —Comentaba Delgado mientras Zaraza asentaba con la cabeza para la sorpresa de todos, una sonrisa se escapaba de su boca. Delgado continuó con su perorata.

» Boves se adelantó y se encontró con usted, que le dio tremendo lanzazo, yo vi cuando usía le clavó la cuchara en el pecho y vi al taita caer muerto. En la confusión que esto produjo, nos pusieron en derrota, pero yo me mezcle con los de ustedes y gritaba: “Avancen, avancen”. Luego que vi que la caballería del que nombran Monagas fue reducida y que la infantería patriota también, entonces me fui con mi gente de nuevo para el flanco izquierdo. Jamás supe que pasó con el espaldero aquel de nombre José, más nunca lo vi. —Concluyó Delgado. Todos los presentes fijaron sus vistas en Zaraza. Quien aspiró varias veces el tabaco, sonrió y luego respondió:

—Reconozco pues que usted dice la verdad, pues fui yo quien mató a Boves, a quien conocía muy bien desde antes de la guerra, y esta es la primera vez que lo digo, porque nunca he querido hacer gala de aquel hecho. Dijo. Zaraza evidenció cierta nostalgia sobre lo dicho.

—Pues le confieso mi General, que lo que acabo de decir, se lo he dicho a varios en el valle de Orituco; pues, yo no soy un asesino, y no me gustaba estar matando gente, cuando presencié las masacres hechas en Maturín, resolví no servir más a los españoles y me retiré al Valle. —Respondió. —Fue un placer verlo de nuevo General, salud y dicha para ustedes. —Sin más, el pequeño comerciante tomo las riendas de su mula y se marchó dejando a todos los presentes impresionados con aquel relato, el cual el comandante Padilla Urbaneja recogería en sus memorias. ¡Misterio resuelto entre las tropas patriotas! Un misterio que rayaba en la leyenda. (3)

(3) En la obra del doctor José María Núñez, publicada en 1883 “Apoteosis de Bolívar”, refiere en su capítulo 5, este hecho contado de la misma boca del General Padilla Urbaneja al Doctor José María Núñez, quien fue testigo presencial de este diálogo, el cual solo modifiqué algunos detalles. Les presento el original con la ortografía de la época: “En Noviembre de 1822 se encontraba el señor Comandante Antonio Padilla Urbaneja, Ilustre Prócer, en el sitio de Apamate, Sección Guárico, en compañía del General Zaraza cuando en una mañana se presentó allí un hombre blanco, alto, de apellido Delgado, y de regular porte, con algunas cargas de café, cacao y papelon procedentes de los Valles de Orituco, que había negociado por aquellos lugares. Zaraza, dotado de una prodigiosa memoria, al verlo le dirigió inmediatamente la palabra; y hé aquí el diálogo entre ámbos sugetos [sic].

      Zaraza- ¿No sabe usted qué hombre mató a Bóves, puesto que usted era uno de los que venían á la cabeza de las caballerías godas?

Delgado- Quien mató á Bóves fue la misma persona que me lo pregunta.

-Me parece que está usted equivocado, porque usted no me conocía ántes.

-He tenido ocasion de verlo á usted varias veces en Chaguarámas y el Valle de la Pascua, antes de que fuera usted militar.

-Eso es otra cosa; pero se duda hasta ahora quién fuese el autor de la muerte de Bóves.

-Voy á probarle que fué Usía, de modo que no le quede duda. Yo iba á la cabeza de la caballería goda y á la derecha de Bóves: á la izquierda de éste, un zambito ñato, muy acreditado de valiente, llamado José, á quien aquel dijo al ver que la caballería de Usía venía sobre él: José, ¿tú serás de los primeros conmigo? Contestándole: ­Si, señor. Entónces Bóves dijo: ­avance esa caballería y se colocó á su cabeza. Venía Usía montado en un caballo rucio azul, de cobija calada echada sobre el hombro izquierdo, y el sombrero amarrado á la barba con un pañuelo.

-Exactamente.

-Bóves se adelantó y se encontró con Usía, que le derribó del caballo de un lanzaso [sic], y en la confusion que esto produjo, por el fuerte empuje de la caballería de usted, nos pusimos en completa derrota, no oyendo sino el crugido [sic] de las lanzas en el cuerpo de nuestros compañeros. Yo me confundí con los patriotas dando gritos de “avancen,” y pude así escaparme é ir á incorporarme en la ala izquierda de nuestro ejército, donde ví que la caballería de Monágas había sido derrotada y la infantería patriota también. Después no supe la suerte que corriera el espaldero de Bóves, ni lo volví á ver más tarde en el ejército en Maturin cuando ocupamos aquella plaza.

-Reconozco que usted dice la verdad, pues en efecto fui yo quien le quité la vida á Bóves, á quien conocia perfectamente desde el año de 1813; y es esta la primera vez que lo digo, porque nunca he querido hacer ostentación de tal hecho, que pudiera atribuirse á jactancia de mi parte, y por lo cual deseo que esto no pase de nosotros.

-Lo que acabo decir se lo he referido á varios en los Valles de Orituco; pues habiendo presenciado los asesinatos cometidos en los prisioneros en Urica, resolví no servir más á los españoles y me retiré a Orituco.

IV

El dilema de Herrera Luque

*

—Tac, tac, tac ,tac… —El rápido sonido de una máquina de escribir invadía aquella oficina, a su lado izquierdo, un cenicero con diez colillas de cigarros arrugados, a su otro extremo, una taza de café negro, ya frío. En aquella mesa había hojas regadas con apuntes de sus viajes por Guárico, libros abiertos, notas en papel, en fin, todo aquello que un escritor necesita para completar su obra.

—Carajo, ¿cómo mato a Boves? —Se preguntaba el Doctor Francisco Herrera. Trataba de idear el final de su nueva novela histórica sobre José Tomás Boves. Al ser psiquiatra y amante de la historia de Venezuela, se había dedicado a la investigación de nuestro componente genético, y había llamado poderosamente su atención la vida del asturiano, ese anti-campeón de nuestra guerra magna. Su confusión radicaba en una pregunta que se han hecho muchos durante años. ¿Quién mató a Boves?

—A ver… aquí Valdivieso dice que lo mató un tal soldado Martínez, las anotaciones del presbítero Llamozas que murió de un lanzazo en la acción, el Doctor Núñez que fue Zaraza. ¡Carajo! —Dijo exaltado soltando los libros y sus anotaciones, dio un jalón al poco cigarrillo que le quedaba, ya quería terminar, 5 años completos de investigación, además, la había escrito nueve veces y siempre el mismo cuento al final. Un problema grave para él como escritor. ¡Sabrá Dios cual cantaleta montaría la sociedad bolivariana cuando se publique una novela dedicada a semejante monstruo! O peor, los académicos. Y es que el que escribe necesita de ellos, pero muchas veces no entienden que la novela es distinta a los textos académicos, no buscan esa exactitud, solo enseñar o dar un adelanto. Si se encontraba en ese dilema, era precisamente por esa bendita maña de los académicos de querer tener la razón en todo, y eso, provocó las tantas muertes de Boves, todos tienen la verdad.

—Bueno… que su muerte quede a libre elección del lector y así me libro del berrinche de los bigotones ilustrados. El urogallo, esa ave que se apendejea cuando le canta a la hembra, y es que todos los hombres nos apendejeamos cuando andamos enamorados, y Boves también. —Dijose volviendo a su máquina de escribir, —El caballo se quedó apendejeado, eso es, la culpa fue del caballo, el “Urogallo”, el que le mandó Inés junto con la carta. —Concluyó. La máquina Remington siguió dando golpes contra aquella hoja “tac, tac, tac, tac”

«Boves; el urogallo, así se llamará» Pensó sonriente mientras terminaba de escribir las últimas líneas

—“¡Arre urogallo!, no dio respuesta, y no se sabe a ciertas quien mató a Boves, quien logró vengar su afrenta, si Zaraza, Bermúdez o algún otro combatiente…” (4)

  • (4) Este monólogo obedece a libre imaginación del autor, sin embargo, debo agregar que hace 2 años tuve la placentera oportunidad de conversar con la viuda del Doctor Herrera Luque, encargada de la Fundación Francisco Herrera Luque, y ciertamente me comentó que para escribir el final de la obra “Boves; el urogallo”, su esposo tuvo un gran dilema refiriéndose tanto a la comunidad académica de la época, como a la Sociedad Bolivariana, además de “mucho café y bastante cigarro”

Nota del autor: Este capítulo está abierto a cualquier otra anécdota o historia que usted, mi estimado lector, haya escuchado o leído, puede agregar más relatos sobre la muerte de este controvertido personaje de la historia venezolana, héroe de los oprimidos, terror de los republicanos.

Imagen corresponde al actor Juvel Vielma, quien interpreto el papel de Boves en la película: “Taita Boves” dirigida por Luis Alberto Lamata.

Juan Carlos Díaz Quilen

El Libertador de los oprimidos: Las muertes de Boves

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Un comentario en “El libertador de los oprimidos: Las muertes de Boves

  1. Interesante publicación, sin duda alguna un pedazo importante de nuestra historia, es curioso como aun puede seguir siendo un misterio la muerte Boves, difícilmente a estas alturas podamos llegar a tener una conclusión fidedigna, pero importante es que no se deje de escribir nunca sobre nuestra historia. Un abrazo y mil felicitaciones al autor.

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